Como en 2018, a un año de las elecciones, el institucionalismo se camufla actualmente en el movimiento de protesta bajo la idea de conformar un “frente anti-Milei”. Su propósito es conducir la conflictividad hacia dentro de la estructura institucional.
Esta posición obstruye la posibilidad de cambio del régimen político y se conforma con “emparcharlo por dentro”. Así, anticipándose a cualquier desborde, sus principales cuadros vociferan en “defensa de la democracia” y promueven salidas electorales.
Dirimidas sus diferencias, utilizando la protesta social como medio para jugar su interna política, convirtiéndo a la táctica electoral en su objetivo y fin último. El nudo central de su estrategia es evitar que la conflictividad se desbordar de las instituciones.
Mientras explotan los fuegos artificiales de la política institucional, y se parten aguas en las “internas” gremiales por los próximos candidatos, el esquema de saqueo y explotación continúa intacto. De hecho, en sus programas los aspectos nodales del régimen como la inversión e integración financiera son incuestionables.
Sin embargo, lo que hace posible el sostenimiento y continuidad del régimen actual es su alianza con los trabajadores y estudiantes, aunque manteniendo a estos fragmentados y subordinados. Por eso, para captar sus voluntades proponen volver al “estado de bienestar” que en las condiciones actuales es irrealizable para las mayorías.
Lo importante es comprender que el camino del democratismo en el movimiento obrero se promueve para obstruir la construcción de poder real de los trabajadores y los sectores populares.
Si la agenda de “Hay 2027” logra imponerse, el resultado será la victoria del institucionalismo logrando contener el conflicto social para subordinarlo a la interna partidaria.
Si no logramos desprendernos completamente de su manto esta cuestión reaparecerá como espiral nuevamente, frustrando las aspiraciones de cambio real que hoy se hacen urgentes para vivir dignamente.